El camino es largo* María del Carmen Mendoza Rangel
El domingo 29 de marzo en la ciudad de Cuernavaca Morelos, ahí frente al Féretro de madera cubierto de flores e inciensos, no dábamos crédito del sorpresivo deceso, que pareció como un asalto a la razón. Esa mañana en el concurrido memorial, alguien leyó una poesía en la que Sonia escribió: El camino es largo. Asegúrate de llevar pan y agua.
Y el camino se hace más largo, cuando ahí frente al féretro, se escucha la palabra de las mujeres y los hombres con quienes ella compartió su sabiduría, sus conocimientos, sus críticas y sus proyectos.
Ahí frente al cuerpo ya inerte, esa mañana se volvió a recorrer ese camino; se cosecharon los frutos y florecieron los afectos llenos de recuerdos sobre todo lo que se hizo con ella y todas las semillas que sembró, con su tenacidad.
Sonia María Da Costa Riveiro, Trabajadora Social, Psicoanalista, abogada y militante de la vida, especialista en terapia corporal, bioenergética y orgonomía, Socia Honoraria de la Asociación de Trabajadores Sociales Mexicanos (ATSMAC).
Yo conocí a Sonia en 1982, estábamos en la Ciudad de San Paulo, Brasil, en un Encuentro Latinoamericano de Trabajo Social, organizado por la Asociación Internacional de Escuelas de Trabajo Social. Al finalizar una de las sesiones, desde el micrófono central, se escuchó un llamado a la Delegación Mexicana.
Ella estaba ahí, una mujer rubia, con una sonrisa plena que vino hacia nosotras para decirnos que ella amaba a México y que en nuestro país había recibido una muestra de hospitalidad a la que ella quería corresponder. Entonces nos propuso ir por nuestras cosas al lugar donde nos hospedábamos para llevarnos a su casa por los días que durara el encuentro.
Sonia había estado en México, con anterioridad a estas fechas, me parece que en el norte del país, donde tuvo una recaída muy difícil en su salud. Al llegar al DF, fue recibida, hospedada y atendida por una Colega de Trabajo Social, y debido a la gratitud que guardó por este hecho, hizo la invitación. Nosotras no lo dudamos, su mirada clara y su afectiva sonrisa, nos conquistó de inmediato y con su escaso español nos fue dando las instrucciones. De inmediato fuimos al lúgubre edificio monjil donde nos hospedábamos y donde nos proporcionaban, un escaso desayuno, frío y demasiado ligero para nuestras costumbres. Todo eso cambió ya instaladas en su casa.
A la mañana siguiente, un aroma de café nos despertó y un suculento desayuno nos esperaba. En ese tiempo, ella vivía con Elma Ribeiro, su hermana, también Trabajadora Social, y ellas 2, junto con Pedro Malheiros y Luisa Erundina de Sousa, conformaban una corriente de pensamiento en Trabajo Social, vinculada a las luchas populares.
Sonia y Pedro Malheiros, escribieron en 1982, un artículo sobre el Objeto de Trabajo Social, en donde sostienen la tesis de que la profesión en un intento por cientifizar su práctica en una supuesta postura neutral, se alejaba de su campo sensible de conocimiento, el que ellos definían como “la situación concreta de las clases dominadas”, asumiendo el referente conceptual de la clase dominante. La tarea hoy, afirmaban, es “asumir un Trabajo Social junto a las clases dominadas y profundizar con ellas una nueva práctica social y una nueva ciencia popular”.
Cuando ella regresó a México, a principios de 1983, llegó a nuestra casa y se fue integrando con nosotros, a un colectivo de análisis político sobre América Latina. Allí también fuimos conociendo sus planteamientos en torno a las Terapias Reichiana y el análisis bioenergético. Pero al proyecto que ella le quería entregar toda su experiencia y su conocimiento, era al trabajo con personas víctimas de la tortura.
En marzo de este mismo año, casi recién llegada, asistimos a la Ciudad de Monterrey en donde realizamos la Primera Asamblea Ordinaria de la Asociación de Trabajadores Sociales Mexicanos (ASTMAC), constituida un año antes, con el lema “Por una Práxis Social Científica” y con una finalidad política: Poner nuestra experiencia y nuestra capacidad profesional al servicio de los sectores populares.
Así fue como ella conoció a una corriente del Trabajo Social Mexicano, con la cual simpatizó y estuvo vinculada en esos primeros años de su estancia en México. Claro, después de observarnos, escucharnos y reconocernos con su ojo clínico o debiera decir cósmico, dado que ella no creía en la clínica, o debiera decir como yo le decía, con sus brujiles antenas que penetraban en cuerpos y cerebros, para leer más allá de la apariencia.
Lo cierto es que convencida de nuestro trabajo y comulgando con los principios y estatutos, solicitó su ingreso como Socia en 1984, en la Segunda Asamblea Ordinaria, realizada en la Ciudad de México. Para ese tiempo, ella ya había iniciado sus sesiones de análisis en un consultorio ubicado en la Ave. Nuevo León y Baja California, en donde comenzó a impartir sesiones de bioenergética y talleres de biodanza.
En ese año, como asociación, formamos parte de un equipo que diseñó y convocó a la primera Escuela de Promotores Populares, cobijados por organismos civiles como Enlace, Sedepac y Copevi. El equipo estaba integrado fundamentalmente por trabajadores y trabajadoras sociales, la China Herrasti, Martín Longoria, María del Carmen Mendoza y participaban en ella, personas de las organizaciones del Movimiento Urbano Popular. Aquí se desarrolló un esquema metodológico que más tarde se utilizaría para iniciar la formación de terapeutas corporales.
Para 1985, cuando sucedió el terremoto, yo ingresé a trabajar “Servicio, Desarrollo y Paz” (Sedepac) y desde ahí, junto con la Red de la Escuela de Promotores Populares, se diseñó el Proyecto de Reconstrucción para las zonas damnificadas, cuyo perímetro de acción, estaba comprendido entre las colonias Roma y Doctores. El Proyecto, en un intento de ser integral, abordaba la problemática de vivienda, la alimentación, la educación, la salud, la formación y la organización.
Entonces las dos nos pusimos a correr el lápiz y a elaborar la propuesta para el área de salud, ya con toda la perspectiva para trabajar desde la energía de la vida. Conformamos un grupo de colegas cercanos a la ATSMAC, en el Distrito Federal y en Morelos, con la idea de que al mismo tiempo que se fueran atendiendo los problemas inmediatos de la población damnificada de las zonas de desastre, en materia de salud física y mental, el grupo se fuera desarrollando en las técnicas de la bioenergía desde una visión alternativa y sustentable.
El trabajo se realizó directamente en las zonas damnificadas en donde se instalaron consultorios populares para la atención directa, lo que trajo como resultado la formación de un grupo de “terapeutas corporales” a partir de la acción social comunitaria. Y este hecho, desató una posibilidad histórica e inédita, el desarrollo de experiencias y procesos formativos en Bioenérgética.
Este proceso fue muy bien recibido por la comunidad y la población, no así por los liderazgos políticos que no alcanzaron a comprender la dimensión del trabajo y que no aceptaron que este proceso, se saliera de los cánones con que se trabaja en los movimientos sociales, ya que se desarrollaba de manera autónoma y autosuficiente en la acción y en la toma de decisiones.
A partir de esas contradicciones, en 1987 Sonia comenzó a trabajar en una serie de talleres, el tema de las “corazas sociales” y la “plaga emocional”, con el planteamiento de que ésta se constituían en factores que bloqueaban el desarrollo del Movimiento Urbano popular y contaminaban los procesos de la sociedad civil y el papel de las redes sociales.
Intento por demás heroico, ya que los dirigentes huyeron en tanto escucharon la definición que ella hacía de la plaga emocional, como una “enfermedad epidémica que se manifiesta en el vivir social y que es alimentada por la energía proveniente de la frustración genital”.
Sonia, sostuvo siempre en esa lucha, que las personas afectadas por esta, aún cuando sustenten principios de cambio democrático y revolucionario, lo que constituyen serán colectividades con estructuras acorazadas, invadidas por la plaga emocional colectiva que detiene los procesos de transformación y de desarrollo humano que ella llamaba de “encogimiento”.
Por ello, es necesario generar otros procesos que ayuden a desatorar y desbloquear “el modo de producción, acumulación y circulación de la energía de la vida”. Que sean catalizadores para que abran nuevas constelaciones y que nos permitan, como dice Malka González Bayo*, “abrir las puertas y ventanas para salir de las sombras y de los exilios, para que entre la luz, como metáfora de la cualidad de la visión, de la conciencia, de la esperanza y de la libertad.
*Ponencia presentada en el Homenaje a Sonia Ribeiro en el Auditorio del Museo Casa de Leon Trotzky, 25 de julio de 2009